Contar historias…

por Ricardo Carranza.

En el año en que la televisión transmitía Toro Salvaje, una película en blanco y negro de Martin Scorsese, descubrí que el cine y la magia me hipnotizaban.

Justo en esa época, asistí a una calurosa fiesta infantil en un jardín. Un mago preparaba su truco, dejándonos ver sólo lo que él quería. Preparación, clímax y de pronto ¡El truco de magia! Insinuación pura. ¿Cómo lo hizo? Nadie vio y a mi no me importaba. Me cautivaba el resultado: La Magia.

Lo mismo me pasaba con el cine. Mientras mi hermano estropeaba el mejor de los sillones de casa con una bebida de sabor gasificada, yo intentaba diseccionar las películas que veía.

Obertura, planteamiento, detonador, desarrollo en bloques, clímax, conclusión y desenlace.

Eso era el cine. Magia. Insinuación.

El director sólo muestra lo que quiere que veamos, lo demás lo oculta para que vayamos descubriendo poco a poco la historia que quiere transmitir. El cine sugiere en imágenes. Igual que la magia. Igual que la gastronomía. Las tres buscan ese acto final que concluya la historia de forma sorprendente para el espectador (comensal).

La gastronomía me hipnotizó mucho tiempo después y casi por casualidad, pero pronto descubrí que por medio de la comida también podía contar historias. Un cocinero sólo deja ver -en un platillo- lo que quiere. Insinúa cultura, historias, mensajes, imágenes, épocas, instantes… luego cada quien los interpreta o asimila de distinta forma.

 

Sin embargo, Toro Salvaje de Martin Scorsese es para todos (decisión unánime) un trabajo fino contado con magistral destreza. Lo mismo que un plato de Conejo con Aceitunas en Salsa de Chocolate elaborado en el restaurante Nicos de Gerardo Vázquez Lugo. Un trabajo fino contado con magistral técnica y sazón.

O el menú degustación del restaurante BIKO de Mikel Alonso y Bruno Oteiza. Una historia contada en tiempos, con pasión, técnica y profesionalismo. Un relato lleno de emociones y sabor.

Y la Merluza en Salsa Verde que sirve Karlos Arguiñano en su hotel del País Vasco en España. 

Así podríamos seguir y mentar cientos de directores de cine, cocineros o magos. El punto es que por medio de un platillo de buena cocina llegamos a lo importante: A la magia.

Obertura: Escena de una cocina impecable. Llena de tecnología en la que se respira pasión.

Planteamiento: Estamos en un restaurante de cocina mexicana.

Detonador: Acaban de llegar huauzontles de temporada.

Desarrollo en bloques: Los limpian, los rellenan de queso fresco, los rebozan… los fríen… preparan una salsa verde cocida para acompañarlos…

Clímax: Salen de la freidora, los escurren, los emplatan…

Conclusión: El comensal los prueba.

Desenlace: Le recuerdan a los que hacía su abuela, se le llenan los ojos de lágrimas y la piel se le enchina.

Una historia magistral, con muchas personas detrás… con mucho trabajo, dedicación, pasión, alma, corazón, cabeza, pero no se enseña todo, sólo se muestra lo necesario.

 El año en que la televisión transmitía una película en alta definición, descubrí que el cine, la magia y la gastronomía son lo mismo. Medios para contar historias. para conmover, para persuadir, para deleitar…

Y los tres son efímeros, mucho trabajo, personas, tiempo, recursos invertidos para un sencillo instante de placer… pero de eso hablaremos en otra ocasión.